Dándole vuelta al mundo

Holiday in Cambodia

Dandole la vuelta
En taxi, tren, tuk-tuk, minivan y tuk-tuk otra vez, llegamos a Siem Riep, en Camboya, donde los dólares estadounidenses conviven con los rieles locales, que se usan principalmente para pequeñeces. Los cajeros automáticos, por ejemplo, entregan dólares y, lo mejor, no está lleno de argentinos haciendo cola para sacarlos. Hay una moda que está arrasando por estas zonas, y me está tentando mucho: mujeres en pijama por la calle, trabajando, andando en moto, caminando, haciendo las compras, muchas incluso maquilladas y con cartera y zapatos. Lo extraño es que se lo ponen cuando se levantan, es decir, no es que no se cambian desde la noche anterior, o que cruzan al kiosco y vuelven, o que son parte de un movimiento a favor de los pijama parties. ¿Se entiende? Estoy hablando de esos conjuntitos con ositos y corazoncitos. Me hace acordar a mis épocas de freelancer y la cantidad de veces que tuve que cambiarme para ir al chino; cuánto tiempo perdido…

Bangkok entre escorpiones y felinos

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Paramos cerca de Khao San Road, una calle colmada de frenesí las 24 horas y explotada al extremo: llena de tiendas, bares y restaurantes, comida callejera, masajes, tatuajes, agencias de turismo, casas de cambio, hoteles, tuk-tuks, taxis de color rosa fluorescente, noche, joda, y turistas de todo tipo, orientales y occidentales, jóvenes y viejos, mochileros hippies y del tipo musculoso con tatuajes.

Parte ll: ¿Ya nos vamos de la India?

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De Katmandú a Delhi en avión y, de allí, tren a Ajmer y bus a Púshkar. Volvemos a la India, a disfrutar del curry y las especias; a saludar con un Namaste; a beber chai, lassi y unas Kingfisher (bien heladas cuando es posible); a que me ofrezcan tatuajes de henna; a ver mujeres que visten saris y que, cuando están casadas, llevan un bindi (o tercer ojo) en la frente; a hablar con viejos que tienen el cabello de un color anaranjado muy poco natural que roza el fluorescente para taparse las canas; a acostumbrarnos a que los monos conviven con los humanos hasta en las ciudades; a cruzarnos con hombres amigos agarrados de la mano al caminar; a ver sonrisas teñidas de rojo a causa de masticar tanta palma de betel y quién sabe qué más; a escuchar música de Bollywood en casi todos los medios de transporte; a aceptar que las vacas son sagradas y andan sueltas por ahí; y a seguir siendo famosos posando para las fotos cada vez que nos piden una.

Parte I: ¿Ya llegamos a la India?

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Tras más de ochenta (80) horas de viaje, llegamos a la India. India es emociones fuertes. Todo es intenso. Nuestro primer contacto real fue el trayecto del aeropuerto de Varanasi a la ciudad. El tránsito es suicida. Mientras el conductor maniobraba como loco esquivando tanto animales como a otros conductores y vehículos de todo tipo que venían de frente directamente hacia nosotros al son de los constantes bocinazos, nosotros nos distraíamos del peligro agarrándonos de donde podíamos para controlar los saltos que dábamos. Finalmente nos depositó en una callejuela, donde nos esperaban un par de niños sonrientes que nos dirigieron al hotel por los estrechos callejones de la ciudad llevando nuestras mochilas, a cambio de una pequeña propina. 

Seis

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Seis Seis meses, tres bimestres, un semestre, medio año. Un feto con pestañas, una noche en el Polo Norte, el periodo de gestación de un babuino, lo que dura una leche larga vida cerrada. 180 días de viaje. 180 días que no manejo. Julio Verne ya hubiera dado dos vueltas y cuarto.

Tiger Leaping Gorge (Yunnan, China)

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En Lijiang empacamos agua, galletas, Snickers, bananas y una muda de ropa, y partimos rumbo a Qiaotou dispuestos a pasar la noche en la montaña y a obtener glúteos de acero en la Garganta del Salto del Tigre (o Tiger Leaping Gorge). El nombre proviene de la leyenda que cuenta que un tigre, al verse perseguido por unos cazadores, logró saltar el cañón y huir de ellos.

Nuestros 15 minutos de fama en China

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Apenas llegamos, nos dimos cuenta de que el concepto de fila no existe, de que la higiene personal es algo escasa y de que el espacio personal se reduce. Llegamos al país donde la gente se cuela, escupe y te empuja; es el país donde el subte en hora pico es peor que en Buenos Aires; el país donde Facebook, Twitter, Blogger, etc. están bloqueados por la Great Firewall of China (lo que impidió la actualización del blog); el país donde la gente se pone mucho de cuclillas (para descansar, comer, hablar por teléfono o fumar); el país donde las normas de tránsito, el uso de la bocina y el sistema de prioridades al conducir es muy diferente; el país donde comen, entre otras cosas y a veces vivos, gusanos, arañas, escorpiones y estrellas de mar (sí, de esas que se ven tan lindas e indefensas); el país donde los niños no usan pañales (tienen unos pantalones con tajo para hacer sus necesidades donde sea) y, finalmente, el país donde somos famosos. La gente nos pedía que nos sacáramos fotos con ellos y nos agarraban como si nos conocieran o nos admiraran. Otras veces notábamos que se hacían los opas y se sacaban fotos con nosotros de fondo. Y sí, puedo decir que el que está en el fondo sí se da cuenta. Ya sé que es básicamente por tener ojos redondos (aunque Luciano quedó a medio camino) y pelo de otro color, pero a veces se nos quedaban mirando como si tuviéramos monos en la cara o un verde entre los dientes. Nos quedó pendiente lo de dar autógrafos.

Hong Kong a puro neón

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Hicimos escala en Shanghái, con la posibilidad de que se demorara o cancelara el vuelo a Hong Kong a causa del tifón Usagi. Nos ilusionamos un poco y pensamos en lo bueno que sería que el seguro o la aerolínea nos invitara una noche en un hotel 5 estrellas con todo pago. Encima, podríamos recorrer algo de Shanghái a pesar de no tener visa, dado que los pasajeros en tránsito pueden permanecer en China hasta 72 horas sin visa. Pero no. Evidentemente, soñar es gratis. Nos subimos al avión en horario y, ya próximos al aterrizaje, me levanté de repente pensando que habíamos aterrizado. Era Usagi. En persona. Se veían destellos de luz por la ventana que hacían que el ala del avión se alumbrara por momentos mientras nosotros rebotábamos en forma desprolija en nuestros asientos y escuchábamos a la azafata decir por el parlante en un inglés algo rústico: don’t worry (dos veces, no una, ¡dos!). Nada peor que un don’t worry de azafata para mantener la calma. ¿No tienen prohibido decir eso? ¿No hay reglas para azafatas al respecto? Yo esperaba un simple estamos experimentando algo de turbulencia, por favor permanezcan sentados con los cinturones abrochados, o algo similar. Un momento difícil. Pero aterrizamos a salvo y nos regalaron unas capas para la lluvia antes de bajar y enfrentar la resaca del tifón.

Japón II: Ruta

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Kinkaku-ji Kioto es puro templo y santuario. Se ven por todo Japón, en abundancia, pero en Kioto es más exagerado aún. Pasamos un día en Nara: más templos y Budas, mucha gente aplaudiendo, la segunda pagoda más alta de Japón y Bambies, ahí, entre la gente, en parques, bosques y calles. Es Bambilandia, hay más ciervos que humanos. El aplauso japonés es algo digno de mencionar: las dos manos en perfecta simetría palmotean al unísono mientras los dedos de una mano golpean en forma precisa a su contraparte de la otra mano. Cuando lo hacen frente a santuarios Shinto, es para llamar la atención de los dioses, expresar alegría por ellos y alejar malos espíritus.

Japón I: Impresiones niponas

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El ferry nos dejó en Sakaiminato; de ahí, nos fuimos a Yonago, para poder finalmente llegar a Kioto después de más de 24 horas de viaje. Llegamos tarde y nos fuimos a comer sushi a uno de esos lugares en los que te sentás al lado de una cinta transportadora donde desfilan los platitos de sushi y uno va agarrando el que lo convence. También se pueden pedir piezas o platos determinados en una pantalla, y esos te los mandan por la cinta transportadora de arriba, directamente a tu mesa. La pasarela de abajo sería como la intercity, y la cinta de arriba, la express. Genialísimo. Quiero comer ahí toda mi vida. Nos empachamos de sushi. Japón no podía empezar de otra manera.